Todos al viajar miramos continuamente alrededor, intentando descubrir detalles, rincones, miradas, paisajes y colores que normalmente no encontramos (o no vemos) en el lugar donde vivimos habitualmente. El fotógrafo lleva ese viaje dentro de sí mismo. No espera a desplazarse unos cientos o miles de kilómetros para reanudar esa búsqueda de lo nuevo, lo especial o lo sorprendente. Lo busca en cada instante de su día a día, lleve o no la cámara encima. Encuentra motivos para capturar una imagen en el charco de su calle, en el paseo de cada tarde, en el mismo paisaje de cada amanecer frente a su ventana, que en realidad nunca es el mismo, porque siempre hay algo que cambia, una luz, una nube, una lluvia, o un recuerdo de los sueños de una noche ya consumida.
Creo firmemente que la belleza y la espectacularidad que nos ofrece la Vida está siempre a nuestro alrededor, al alcance de nuestra mirada, aunque por alguna estúpida razón hemos aprendido a ignorar este hecho, y nos limitamos a correr de aquí para allá, sin mirar demasiado a lo que tenemos cerca, y pensando siempre en lo lejos, en lo que vendrá, en lo que debería ser y no es, en lo que querríamos tener y no tenemos, o en esos lugares a los que desearíamos ir para encontrar horizontes y sorpresas que sin embargo tenemos muy cerca sin que lleguemos a percatarnos de ello.
Un día observé que la mayoría de las que para mí eran imágenes válidas, o valiosas, según se mire, estaban capturadas a muy corta distancia de mi casa, normalmente a no más de unos kilómetros y tomadas en breves paseos que se convirtieron poco a poco en pequeños viajes fotográficos, no por rutinarios menos apasionantes. El método es sencillo: salir de casa, pasear sin prisas, mirar alrededor sin descanso, y pensar que el viaje está en nosotros mismos y en nuestra manera de estar en el lugar que ocupamos, sea cual sea este.