Todos al viajar miramos continuamente alrededor, intentando descubrir detalles, rincones, miradas, paisajes y colores que normalmente no encontramos (o no vemos) en el lugar donde vivimos habitualmente. El fotógrafo lleva ese viaje dentro de sí mismo. No espera a desplazarse unos cientos o miles de kilómetros para reanudar esa búsqueda de lo nuevo, lo especial o lo sorprendente. Lo busca en cada instante de su día a día, lleve o no la cámara encima. Encuentra motivos para capturar una imagen en el charco de su calle, en el paseo de cada tarde, en el mismo paisaje de cada amanecer frente a su ventana, que en realidad nunca es el mismo, porque siempre hay algo que cambia, una luz, una nube, una lluvia, o un recuerdo de los sueños de una noche ya consumida.
Creo firmemente que la belleza y la espectacularidad que nos ofrece la Vida está siempre a nuestro alrededor, al alcance de nuestra mirada, aunque por alguna inexplicable razón hemos aprendido a ignorar este hecho, y nos limitamos a correr de aquí para allá, sin mirar demasiado a lo que tenemos cerca, y pensando siempre en lo lejos, en lo que vendrá, en lo que debería ser y no es, en lo que querríamos tener y no tenemos, o en esos lugares a los que desearíamos ir para encontrar horizontes y sorpresas que sin embargo tenemos muy cerca sin que lleguemos a percatarnos de ello.
Un día observé que la mayoría de las que para mí eran imágenes válidas, o valiosas, según se mire, estaban capturadas a muy corta distancia de mi casa, normalmente a no más de unos kilómetros y tomadas en breves paseos que se convirtieron poco a poco en pequeños viajes fotográficos, no por rutinarios menos apasionantes. El método es sencillo: salir de casa, pasear sin prisas, mirar alrededor sin descanso, y pensar que el viaje está en nosotros mismos y en nuestra manera de estar en el lugar que ocupamos, sea cual sea este.

Pétalos de jara blanca (Cistus albidus).

Golondrina sobre alambrada. A veces la fotografía de Naturaleza debe incluir elementos humanos, más aún cuando la especie fotografiada vive precisamente junto a nosotros. Me gusta el contraste entre la fea y casi violenta austeridad de la malla y el alambre de espino y la pose paciente e inofensiva de la golondrina, que a su vez parece mirar al horizonte y al cielo, quizás al viaje que le espera para retornar hacia el Sur.

Hinojos al atardecer.

Peña negra tras el cristal en una tarde de lluvia.

El baño. Me gusta dotar a ciertas imágenes de márgenes alejados del sujeto principal, de lo que en Fotografía solemos denominar "aire". El amplio mar se funde al fondo con la niebla de un día de finales de verano, y la bañista, pequeña y lejana en relación al contexto general de la imagen, mira a su vez hacia el exterior de los límites de la misma, colaborando aún más si cabe con la sensación de amplitud, de espacios abiertos, quizás de libertad. Bajo el agua, en primer plano, vislumbramos el fondo de piedras de la playa. Por debajo de la superficie también intuimos espacio, distancias, mundos por descubrir...

Girasoles. Y el sol que se esconde entre ellos.

Crepúsculo desde el Puerto de las Pedrizas.

Surcos.

Humero. Y nubes. Analogía nube-humo.