A veces la buena suerte viene a buscarnos justo cuando más la necesitamos. Y en ocasiones se presenta en forma de buenas personas que de manera espontánea aparecen en tu vida y te regalan un poco de su tiempo, su interés y su esfuerzo.
Así, el pasado domingo diecinueve de abril el destino de Lía empezó a oscurecerse de manera inaudita y sorprendente, pero finalmente se iluminó de nuevo gracias a la sensibilidad y la bondad de varias personas que, cada una aportando algo de sí mismas, contribuyeron a salvar la vida de nuestra querida perra.
Pasábamos unos días en Arroyo Frío (Sierra de Cazorla), y al atardecer Lía empezó a tener problemas físicos que se agravaron en cuestión de minutos, sin que aparentemente le hubiera ocurrido nada fuera de lo normal. Dificultades para respirar y tragar, desorientación, pupilas dilatadas,… enseguida entendimos que le ocurría algo grave. Al examinarla detenidamente comprobamos que la lengua, que se había vuelto azulada en segundos, se le había inflamado y le obstruía la garganta por completo. Al intentar aclarar cuál era la causa de lo que le ocurría descubrimos una especie de bolsita que estaba adherida a la piel sobre su labio superior, y que al ser retirada dejó caer un poco de sangre: algo le había picado, y estaba teniendo una reacción fulminante al veneno. Siguieron momentos de desconcierto y nerviosismo, de temor e impotencia, Lía se nos moría y debíamos hacer algo para evitarlo.
Y es entonces cuando en una rápida y vertiginosa sucesión de minutos que nos parecieron siglos, varias personas, buenas personas, se hicieron presentes a nuestro lado o en la distancia, consiguiendo entre todas, de una manera mágica y que jamás olvidaremos, que Lía no muriera y pudiera seguir con nosotros, alegrándonos con su compañía, sus juegos y su mirada. Y aunque ya dimos las gracias a cada una de ellas en esos difíciles momentos, es ahora, con Lía fuera de peligro, cuando a través de estas palabras deseamos no solo expresar nuestro agradecimiento, sino también compartir esta emoción con aquellos que lean estas líneas y entiendan que el destino se puede fabricar entre todos, y que pequeños gestos de cada uno de nosotros pueden cambiar muchas cosas. Y a partir de ahora, con cada mirada con que Lía nos obsequie, recordaremos el regalo precioso que recibimos en aquella tarde dramática y extraña de abril. Por tanto, desde aquí reiteramos nuestra más profunda y sincera gratitud a:
Consuelo Calderón, propietaria de la casa rural “Los Jamones” de Arroyo Frío (Sierra de Cazorla), porque de inmediato se prestó a localizar a través de teléfono e internet a algún veterinario que pudiera ayudarnos, mientras nosotros trasladábamos a Lía a la farmacia de Arroyo Frío con objeto de intentar administrarle algún medicamento que detuviera o al menos ralentizara la degradación de su estado físico. Consuelo pasó de ser la anfitriona de la fantástica casa rural donde nos alojábamos a convertirse en el primer y vital apoyo que tuvimos mientras la salud de Lía se complicaba, y siguió interesándose por nuestra situación en las horas sucesivas.
Mercedes Guerra, veterinaria de la clínica “Cuatro Patas” de Córdoba, que a través del teléfono estuvo en contacto con nosotros para indicarnos lo que debíamos y también lo que no debíamos hacer para salvar a Lía, en instantes en los que nos encontrábamos, literalmente, perdidos. Ella nos permitió actuar correctamente cuando lo más probable hubiera sido que cometiéramos errores irreparables para Lía.
Inmaculada Copado, titular de la farmacia de Arroyo Frío (que se encontraba cerrada aquel domingo), porque tras contactar con ella telefónicamente y explicarle la situación en que se encontraba Lía, postrada en nuestro coche ante su establecimiento y muriéndose por momentos, no dudó en acudir de inmediato, abriendo la farmacia expresamente para nosotros, y permitiéndonos así facilitarle una primera dosis de medicamentos para intentar que siguiera con vida.
Carmen Segura, veterinaria de Coto Ríos, que ya entrada la noche atendía a Lía en su unidad móvil, regalándole no solo su profesionalidad y buen hacer, sino también, al igual que las demás personas que aquella tarde nos ayudaron, su sensibilidad, su comprensión y su humanidad. Carmen no solo examinó, diagnosticó y trató de urgencia a Lía, sino que en las horas siguientes estuvo en contacto con nosotros para estar informada de su evolución, e incluso nos indicó que en caso de empeoramiento acudiéramos directamente a su casa, de cuya localización nos informó, y no dudáramos en despertarla a cualquier hora de la noche si era necesario. Carmen no se limitó a actuar como veterinaria, sino que en cada uno de sus actos y en la forma en que los llevó a cabo nos trató como una buena amiga a la que sin embargo acabábamos de conocer. No podríamos haber encontrado aquella noche mejor veterinaria y amiga para Lía y para nosotros mismos.
Hoy, mientras tenemos la fortuna de seguir disfrutando de la compañía de Lía, estamos convencidos de que ello es posible gracias a unas cuantas buenas personas que aquel domingo de abril se prestaron, de manera espontánea y natural, a fabricar para ella un destino diferente al que la suerte parecía haberle adjudicado. Creemos que si una sola de ellas no se hubiera comportado de la manera en que lo hizo, Lía no estaría ya con nosotros. Por ello, ahora con una emoción muy diferente a las dramáticas y tensas sensaciones que vivimos en aquellos momentos en los que nuestra amiga Lía parecía dejarnos para siempre, deseamos expresar públicamente nuestro agradecimiento, y al mismo tiempo transmitir a todos los que lo lean la misma lección, demasiadas veces olvidada, que hemos re-aprendido nosotros: Que en cualquier momento y lugar puede uno encontrar “buena gente” dispuesta a regalar algo de sí mismos a los demás. Y que en ocasiones, entre todos, somos capaces de cambiar el Destino. Como ocurrió con el de Lía.
G R A C I A S