Salvatierra de Tormes. Una parada en el camino para descansar y pasear entre las ruinas del olvido de un pueblo condenado por un pantano. Uno de tantos. La ruina y el abandono que amenaza, por una razón u otra, a gran parte de la España interior.
Los símbolos, en cualquier lugar. Y los colores, unidos a los símbolos. Una puerta cubierta de pintura verde que poco a poco sucumbe al paso del tiempo. Y una cruz, el símbolo protector, clavada a la puerta.

Las coincidencias. Una calle que va al cementerio. Y un mensaje en rojo, un aviso... Precaución: no subir.

La ruina se abre paso y va venciendo lentamente. La España rural se cae a trozos, olvidada y cada vez más vacía.

Quedan retazos de una vida que ya no es. Paisajes casi abstractos, despojos de una rutina que quedó atrás, desaparecida y olvidada para siempre.

La lujosa fuente de hierro, sin agua corriente ya, y sin nadie que se acerque a ella para aliviar su sed.

Llegamos al Bierzo. San Justo de Cabanillas. Como base de una de las columnas del soportal de la iglesia, un miliario romano. Dos mil años de historia ante nosotros, en la modesta entrada de una pequeña parroquia.

Una puerta tapiada en la iglesia. Y a cada lado, las cruces grabadas en los ya inservibles dinteles. Más símbolos. Más historia.

Las Médulas. La Naturaleza ha invadido los restos de la actividad humana de hace casi dos milenios. El resultado es, como poco, espectacular. Hacia el Sur ya está lloviendo.

Castillo de Cornatel. Al fondo, el lago de Carucedo. Leyendas e historia se mezclan en este lugar.

Castillo de Cornatel. Rodeado de bosques y al filo de un abismo. En el cielo, nubes de la tormenta de cada tarde.

Los pollos de cigüeña esperando a que llegue el adulto para proporcionarles alimento. Su nido también sirve de cobijo a los gorriones. Pueden vislumbrarse sus siluetas entre las ramas de la gran plataforma. Aprovechamiento del espacio.

Villafranca del Bierzo. Las pescaderías ofrecen en cada lugar algo diferente.

Iglesia de Santiago. Santo Tirso. Patrón de Villafranca del Bierzo. Y de las enfermedades de los huesos, según reza el cartel a la izquierda de la imagen. Curiosamente el santo porta en sus manos una sierra... mala solución para las enfermedades óseas. Pero no nos pongamos en lo peor. Según la tradición el santo fue martirizado. Quisieron despedazarlo, pero las sierras que usaban para ello se rompían sin poder conseguir su objetivo. Es la razón por la que se representa con ella en sus manos: Es el símbolo de su milagro. 

Y quizás, también por ello en Villafranca los peregrinos que aleguen y justifiquen una dolencia que le impida llegar a Santiago, y siempre que cumplan una serie de requisitos, pueden conseguir las Gracias Jubilares, entrando en esta iglesia de Santiago por la Puerta del Perdón, normalmente cerrada y que se abriría expresamente pare ello. Románico en estado puro.

Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago, en Villafranca del Bierzo.

Dintel románico de la Puerta del Perdón. Detalle.

Hayedo de Busmayor. Uno de esos lugares que se te quedan dentro para siempre...

El bosque se convierte en un ser gigantesco que parece acompañarte mirándote siempre desde arriba.

El agua corre por entre los árboles creando cascadas y regueros que resuenan por el bosque incluso cuando no caminamos junto al cauce de los ríos.

Dentro del bosque hay diferencias de nivel que crean saltos de agua múltiples.

En las zonas más húmedas los troncos de los árboles están tapizados por hiedras, musgos y líquenes.

Valle del Silencio. Santiago de Peñalba. Tras un trayecto por una carretera inverosímil y no apta para impacientes se llega a uno de los pueblos más bellos y escondidos de la península, al pie de un valle que siglos atrás fue lugar de retiro de anacoretas, mártires y santos.

Al fondo, los Montes Aquilanos, los más abruptos de la cordillera leonesa.

Iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba.

Inscripción en dintel de puerta. La historia escrita, literalmente, en las piedras.

Cúpula de la iglesia de Santiago de Peñalba.

Restos de pinturas en el ábside.

Peñalba de Santiago. Arquitectura ancestral.

Antigua carreta para labores agrícolas. El blanco y negro para realzar la simplicidad de una tecnología primitiva pero trascendental: la rueda.

Bosques y montañas hasta donde se pierde la vista.

Los cerezos no solo se encuentran en huertos y jardines. Existen también de manera silvestre en los bosques, valles y montañas que forman los Montes Aquilianos, mezclados con robles, hayas,...

Montes Aquilianos. La puerta del Valle del Silencio.

Me atrae siempre la simbiosis de madera y piedra en las construcciones tradicionales. La manera en que sustancias de orígenes tan diferentes (animado e inanimado, vegetal y mineral respectivamente) se hacen una sola para pervivir durante años o siglos. Y cómo el paso del Tiempo las va modelando, escribiendo sobre ellas con la tinta indeleble de las grietas, las texturas, los musgos y los líquenes que van dejando sutiles marcas y señales que poco a poco van transformándolas y haciendo de muros, ventanas y puertas testigos decrépitos de un pasado olvidado.

Cementerio de Peñalba de Santiago.

Montes Aquilianos. Valle del Silencio. Cueva de San Genadio.

Montes Aquilianos. Valle del Silencio. Castaño centenario. Su tronco abierto y medio podrido aún le permite sostener la vida de su copa.

Peñalba de Santiago. Puerta y muro de piedra.

Peñalba de Santiago. Colmenas.

Herrería medieval de Compludo. Situada junto al río Meruelo, en pleno bosque. Su mecanismo, movido por el agua, aún está en funcionamiento.

Carreta para transporte de materiales.

Acometida del agua a la herrería.

Rueda motriz que al girar por la caída del agua sobre ella mueve a su vez un eje que transmite la fuerza al martillo del interior que moldeará el hierro golpe tras golpe.

Zona de fuego para calentar los materiales antes de darles forma.

Martillo.

Calentando el hierro.

Noceda. El bosque está salpicado de ríos, arroyos y fuentes que transcurren por entre robles, helechos, y en las zonas altas por brezales entre los que viven los corzos y deambulan los lobos.

Noceda. Cascada de Gualta. Una sorpresa en un lugar recóndito.

Bosque húmedo. Y verde.

Los helechos, el musgo y los líquenes lo cubren todo. Me olvido de que es julio. En Málaga el verde no existe ya en esta época...

Formas y colores sobre las piedras de los cortados.

Líquenes sobre la piedra.

Noceda. De nuevo el bosque atravesado por el río.

Verde y azul metálico.

Colinas del Campo de Martín Moro Toledano. El pueblo con el nombre más largo de la península. En el río que lo cruza, un visón traslada a uno de sus cachorros aguas arribas, para cambiarlo de cubil. Suelen hacerlo con frecuencia para proteger a su camada de los depredadores. Aunque la foto está realizada con un objetivo no adecuado para fotografía de naturaleza (el mejor equipo del fotógrafo es el que tiene a su disposición cuando aparece ante él la imagen a capturar), la incluyo en la colección por lo interesante de la situación y lo emocionante de ver un instante de vida natural como este en el propio casco urbano de una población.

Ponferrada. Plaza Mayor. Ciclistas bajo la tormenta. Quizás no eran conscientes de los rayos que caían a su alrededor sobre los edificios de la propia plaza...

Noceda. En los campos de alrededor las cigüeñas anidan formando pequeñas colonias. Los pollos tienen el pico negro, cuando sean adultos se les tornará rojo. Y su plumaje es blanco y negro puros. Al crecer se irán ensuciando en pantanos y basureros, y será entonces más difícil encontrarlos con diseños tan límpidos y definidos.

Tras la tormenta, el arco iris.

Las cigüeñas y las espadañas. La veleta parece indicarle el camino que un día ya cercano deberá tomar hacia el Sur.

Astorga. El comercio tradicional.

Astorga. Palacio episcopal (Gaudí) y catedral. Dos estilos, dos épocas.

Castrillo de los Polvazares. Simetría y geometría. Menos mal que en una de las macetas las flores eran rojas...

Aldaba y madera vieja. 1890.

Muros y ventanas rotas.

Cigüeña adulta alimentando a uno de sus pollos, ya "crecidito". 

Cigüeña en vuelo de planeo. La elegancia de una zancuda. Y el sueño de Ícaro (y el mío).

Villafáfila. De nuevo la historia (más reciente) escrita en las piedras. En el cielo y contra las nubes, un cernícalo primilla sobrevuela el pueblo. Aprovechamos el viaje de vuelta para visitar las lagunas, que a pesar de ser julio, aún tienen agua y nos ofrecen por tanto la posibilidad de observar fauna acuática.

Polluelo de cigüeñuela.

Adulto de cigüeñuela.

Lagunas de Villafáfila. Focha adulta cuidando de sus polluelos.